miércoles, 11 de noviembre de 2009

La Villa Ilusa. Capítulo 5.

Resumen del capítulo anterior: Jacinto, otra vez en la hostería de Villa Ilusa, se siente secuestrado y decide hablar con una persona mayor y confiable, para que le explique qué pasa en ese extraño lugar. Descubre que la villa tiene una escuela para los niños y logra hablar con Julia, la maestra. Ella le cuenta todo sobre los niños, asegurándole que dominan el lugar, vuelan y hacen magia. Jacinto comienza a creer que a algunos de ellos los conoce. Recuerda de repente que la niñita que vio flotando frente a su ventana, había desaparecido unos meses atrás en Buenos Aires, el día que asesinaron a sus padres. Lo mismo le ocurre con otro de los niños. Julia le propone huir de allí juntos y le pide que regrese la noche siguiente para planear la huída.



Jacinto bajó de su cuarto tarde a desayunar porque durmió un rato después de su encuentro con Julia.
—Qué bien cocina señora, ¿aprendió aquí en la villa? —le dijo a la señora que le sirvió el desayuno.
—No, no aprendí acá —dijo la mujer dando media vuelta rumbo a la cocina.
‘’La trajeron para que cocinara’’, pensó.
Mientras desayunaba, entró al restaurante uno de los niños; tomándose su vientre y con cara de dolor se dirigió a uno de los hombres que también desayunaba. El hombre sacó de un maletín un estetoscopio y comenzó a auscultar al niño, mirándole también la lengua. Luego le dio un frasco con pastillas y le dijo que se fuera a la cama porque tenía anginas.
‘’Claro, necesitaban un doctor y por supuesto lo trajeron’’, pensó Jacinto, al ver la escena. ‘’Pero a mí, un vendedor de seguros de vida, ¿para qué?’’
Demasiadas preguntas daban vueltas por su cabeza y esperar hasta la noche para que Julia se las contestara era una eternidad. Se dirigió entonces al doctor:
—Doctor, me permite, tengo un fuerte dolor de cabeza que me está matando, ¿no tendría una aspirina o algo?
Mientras el supuesto doctor buscaba en su maletín, Jacinto disimuladamente comenzó a hacerle una pregunta tras otra.
—¿Cómo llegó hasta aquí, doctor? ¿Intentó irse alguna vez? ¿Hace mucho que vive en la villa?
—Tome una de estas aspirinas y si persiste el dolor tome otra a las dos horas —y siguió—: fue un día de lluvia, vi el cartel en la ruta y me dirigí hasta este lugar...
—Yo llegué de la misma manera...
—Todos lo hicieron de la misma manera, mi amigo —remató el doctor.

Mil cosas daban vueltas por la cabeza de Jacinto, que por supuesto quería saber más, cuando la voz de un niño lo interrumpió:
—¡Deje de hacer preguntas si no quiere que lo convierta en un sapo!
Jacinto se dio vuelta para encontrarse con el pequeño mago de la primera noche en la villa que lo miraba fijo y amenazante.
—Mirá, pibe, ya me están cansando, o terminamos con esta historia o llamo a la policía, porque yo sé quiénes son ustedes y van a ir a parar a un reformatorio si no se dejan de...
—No se gaste —dijo el doctor— acá no hay teléfono y los celulares nunca tienen señal.
—Sabe qué, doctor, ya estoy harto y no me voy a dejar intimidar por estos... nenitos… como todos ustedes lo hacen, agarro mi auto y me voy, y si alguien quiere seguirme que lo haga ¡ahora! —dijo enfurecido dirigiéndose hasta la puerta del restaurante, abriéndola con fuerza para salir afuera. Se paró frente a su auto estacionado junto a la vereda y se sorprendió un poco al verlo inmenso. De pronto una mosca pasó por frente a él: como un latigazo sacó su lengua y se la tragó.
‘’Soy un sapo, ¡Soy un sapo de verdad!’’, pensó entonces desesperado mientras veía cómo una suela blanca de zapatilla con un isotipo en forma de pipa, se aproximaba para aplastarlo. No pudo soportar tanto terror, y se desmayó.

Abrió los ojos y vio todo negro; con una tremenda angustia empezó a gritar:
—¡Estoy muerto, estoy muerto!
Mientras, se tocaba la cara, el pecho, todo, descubriendo que estaba vivo y que ya no era un sapo. Se levantó a oscuras llevándose por delante una silla que lo hizo caer al suelo. Tanteando y arrastrándose por el piso llegó hasta la ventana, descorrió las cortinas y gracias a Dios el cuarto se iluminó apenas por la luz de la luna. Suspiró aliviado aunque bastante agitado. Bajó las escaleras, salió a la calle y corrió hasta la escuela para encontrarse con Julia, la maestra.
A la puerta, una rana estaba paradita flanqueando la entrada, como esperándolo a él. Jacinto experimentó una nueva sensación de angustia al verla y gritó:
—¡Dios mío! Julia, ¿qué te hicieron?
Estaba a punto de ponerse a llorar cuando la puerta se abrió y apareció Julia suplicándole:
—Por favor Jacinto no grites...
—¡Ahhh!, qué alivio, creí que... No sabés de lo que son capaces estos pibes.

Una vez dentro de la escuela, Jacinto, completamente fuera de si, tomó a Julia de los brazos zarandeándola y rogándole:
—Por favor escapémonos ahora, no perdamos tiempo, ya no puedo soportar más estar en esta villa maldita. ¡Hoy casi me matan como a un pobre sapo indefenso!
—Tranquilizate, si no, no vamos a poder hacerlo, tranquilizate por favor. —Trataba de calmarlo Julia, que ya tenía experiencia con esos niños.
—Si tenés razón, perdoname pero me tenés que entender; a ver, tracemos un plan… ¿Qué hacemos?
—Los tenemos que matar—dijo Julia muy suelta de cuerpo.
—¿A quiénes?
—¡A los niños, por supuesto!
—¿Quééé? ¿Cómo vamos a hacer semejante cosa? ¡Ni loco! —gritó Jacinto alejándose de Julia como si hubiera recibido una corriente eléctrica.
—Es la única manera, y si no ¡te vas a quedar acá hasta que te mueras! —le gritó la joven maestra.

jueves, 5 de noviembre de 2009

La Villa Ilusa. Capítulo 4.

Resumen del capítulo anterior: Después de pasar la noche en la hostería y restaurante de Villa Ilusa, Jacinto Desanzo se apresta a seguir su viaje. Mientras se prepara, nota que una niña pequeña lo observa desde la ventana del primer piso de su cuarto. Se asusta al verla suspendida en el aire y, comienza a preocuparse y preguntarse por las cosas raras que pasan en ese lugar. Jacinto, luego, se dirige a su auto para irse lo más pronto posible de allí, pero, no logra arrancar el vehículo. Por arte de magia, un niño, le arregla el auto colocando su manito encima del motor. Jacinto se aleja por fin de ese lugar, pero se pierde en el bosque de pinos. Descubre, entonces, que varios niños lo han seguido para obligarlo a volver a Villa Ilusa.



Sentado en la cama de su cuarto, Jacinto sentía que era un hombre secuestrado; pensaba en mil maneras de escapar. Intentó usar su teléfono celular, aunque inútilmente: no había señal. Se propuso entonces hablar con alguna persona mayor de la villa que resultara confiable, para que le explicara lo que realmente estaba pasando en ese lugar tan raro. Se daba cuenta de que las dos anécdotas que siempre contaba: la de la mujer luminosa que le hizo señas en la ruta para que se detuviera y, el OVNI que lo persiguió un miércoles, no eran nada comparadas con esto. Eso lo alegró, tener tres para contar aumentaría seguramente su popularidad.

Dejó su cuarto, cruzó todo el restaurante ante la indiferencia de los presentes y salió a la calle. El sol brillaba, muy poca gente caminaba por la villa y todos parecían ocupados. No se veía a ningún niño. Jacinto caminó observando todo con detenimiento y preguntándose de qué diablos vivían los pobladores en ese lugar, si no había ninguna tienda o fábrica o lo que pareciera ser una fuente de ingresos. Las pocas casitas eran coquetas, con plantas y flores en sus jardines bien cuidados. Algunas mujeres estaban atareadas regando esas flores; un hombre pintaba la pared de una casita y otro arreglaba una cerca. Hasta que llegó a una de esas casas de la que oyó una voz de mujer dando una clase de matemáticas. Miró por la ventana y vio a todos los niños sentados a sus pupitres escuchando a la que parecía ser la maestra. Ella aparentaba tener unos veinticinco o treinta años aproximadamente, bastante bonita pero un poco demacrada, lo que hacía difícil saber exactamente su edad. La mujer lo descubrió y le suplicó con los ojos que se alejara del lugar. -‘’Ya está, ella me va a decir qué pasa en este pueblo maldito’’- pensó complacido alejándose de ahí, pero quedándose a una distancia considerable, esperando a que la clase terminara.

Todos los niños salieron tomando en distintas direcciones; una de las niñas de unos tres años pasó por delante de él mirándolo todo el tiempo; era rubiecita, de ojos claros, muy dulce su mirada y a Jacinto le pareció que la conocía. -‘’La nenita, sí, la nenita de la ventana, es ella’’- pensó mientras la observaba alejarse. -‘’Pero, ¿de dónde la conozco? Además ahora que lo pienso el pibe que puso la mano encima del carburador se parece a...’’
La salida de la maestra interrumpió el pensamiento del hombre, que rápidamente corrió a su encuentro.
­-Señorita, por favor quisiera hablar con usted un momento...
-Señor, es que nos están vigilando- dijo nerviosa, la maestra.
-¿Vigilando?- se sorprendió Jacinto mirando para todos lados y, descubriendo a varios de los niños que, desde distintos lugares de la villa, parecían estudiar sus movimientos.
La maestra, alejándose, le dijo:
-Esta noche muy tarde lo espero en la escuela, y no se preocupe por ellos, tienen que dormir...
Volvió a la hostería y restaurante satisfecho, porque ahora sí iba a poder hablar con alguien que le quitara todas sus dudas.

Una sombra cruzó la calle desierta en esa noche de luna en dirección a la escuela de la villa. Jacinto golpeó la puerta un par de veces con mucho cuidado y ésta se entreabrió apenas. La maestra se asomó. Ahora sí, estaba a solas con una persona mayor para enterarse de quienes eran estos niños misteriosos y del por qué de la sumisión de los pobladores de la villa.
-¿Qué pasa aquí señorita...?- arrancó sin perder tiempo.
-Julia, me llamo Julia, y estoy en la Villa Ilusa desde hace casi dos años...
-¿Entonces usted no es de aquí?
-Nadie es de aquí- siguió Julia -ni siquiera los niños, o, digamos que ellos son los que dominan el pueblo...
-¡Pero si son chicos! Chicos raros y qué se yo, pero...
Julia lo interrumpió.
-Yo quiero irme de acá y sé que usted también, por eso me tiene que ayudar a escapar...
-¿A escapar? Pero entonces somos prisioneros... ¡De unos niños! No entiendo nada... Hagámoslo ahora que están durmiendo, que vamos a esperar...
Jacinto Desanzo no comprendía por qué nadie aprovechaba el momento en que los niños dormían para huir de la villa. Entonces Julia, le explicó, que nadie lo había logrado porque en cuanto se alejaban, se perdían en el bosque de pinos. A algunos, los niños los encontraban vivos después de varios días y los traían de vuelta a la villa, pero otros morían de hambre y sed en el intento. Esto para Jacinto ya era demasiado, le temblaban las piernas.
-Pero Julia, ¿de dónde salieron estos chicos? Le juro que a una de las niñas, una rubiecita de unos tres o cuatro años, estoy seguro de que la conozco de algún lado, no sé...
-Ella llegó hace unos cinco meses más o menos, es la más nueva...
-¿Sola? ¿Llegó sola? ¡Pero es muy pequeña!- se sorprendió -No puede ser que...- De pronto se acordó -¡Ya sé quién es esa nena! Salió en todos los diarios y en la tele hace como… ¡Cinco meses! ¡Sííí!, me acuerdo, desapareció de su casa la noche que asesinaron a sus padres allá en Buenos Aires, todo fue muy confuso, si hasta se pensó en un secuestro...
-Exacto- dijo Julia -igual que los otros, siempre desaparecieron y sus familias fueron asesinadas...
-¡Claro! El chico que me arregló el auto… También su cara apareció en todos lados- casi gritó Jacinto y, siguió susurrando como si fuera a contar un secreto: Su padre era un mago bastante famoso, que se llamaba... Se llamaba, bueno no me acuerdo pero lo mataron ahorcándolo con uno de esos pañuelos de colores que usan para sus trucos, y a su hijo nunca pudieron encontrarlo...
-Y así todos; todos llegaron de la misma manera- le aseguró Julia.
-Pero ¿usted piensa que mataron a sus padres? Eso es terrible Julia, no puede ser, son niños, imagínese a esa chiquita rubia asesinando, no, no puede ser…
Jacinto caminaba de un lado a otro de la sala de la escuela, pensando y realmente confundido, la situación era bastante siniestra e incomprensible.
-Lo que no entiendo es lo de la magia, los poderes que tienen... El chico cuyo padre era mago, debe haber aprendido algunos trucos, pero los demás...
-Todos tienen un pasado de magia, por algún familiar o naturalmente...
-¡Sííí!!, ahora me acuerdo que cuando se investigó la desaparición de esa niñita rubia, se encontró un diario que escribía la madre en el que aseguraba que su hija era capaz de volar, claro que se tomó como una metáfora... Que volaba con la mente o algo así...
A Julia no parecía sorprenderle lo que él decía.
-Ella vuela, se lo aseguro, y no es la única...
-Sí, ahora ya me imagino que no es la única, pero decime... Perdón, ¿puedo tutearte, Julia?
-Por supuesto que sí, pero... ¿Usted como se... Cómo te llamás?- Una sonrisa seductora acompañó esta pregunta. A él le gustó, después de todo no le vendría mal una nueva novia.
-Jacinto, Jacinto Desanzo.- Le dio la mano ruborizándose un poco y la sintió cálida y confiable. Luego de un largo segundo de silencio siguió interrogándola: ¿Por qué están en esta villa los chicos? ¿Por qué estamos nosotros acá? ¿Sabés, Julia, algo de esto?
Julia se acomodó en la silla frente a su escritorio de la escuela, y comenzó a darle a Jacinto su explicación:
-Cada uno de los mayores que estamos aquí fuimos traídos por alguna razón. A mí por ejemplo, para darles clases, después de todo ellos tienen que aprender. Y los niños magos no sé porque están en este lugar perdido, pero debe haber una razón...
-Pero Julia, a mí, ¿para qué me quieren? Si yo solo soy un vendedor de seguros de vida...
-No se Jacinto, pero ahora será mejor que te vayas porque está amaneciendo, esta noche volvé que tenemos que planear la huída.

jueves, 29 de octubre de 2009

La Villa Ilusa. Capítulo 3.

Resumen del capítulo anterior: A Jacinto Desanzo, una noche de tormenta, lo sorprende en la ruta viajando en su auto. Por suerte, ve un cartel en la banquina que indica a la derecha: VILLA ILUSA 1 KM. Toma el camino encontrándose con unas casitas y una hostería y restaurante en un bosque de pinos. Pide un cuarto para pasar la noche. Mientras se lo preparan en el primer piso de la hostería, le sirven un plato de comida caliente. Comienza a comer y, nota que un niño de doce o trece años lo observa con interés. Lo llama, el niño se acerca, y entonces Jacinto le hace un truco: alarga su mano hasta la oreja del niño sacándole una moneda. El niño lo sorprende haciéndole lo mismo a Jacinto, pero sacándole de la oreja un ramito de flores.

Jacinto Desanzo ya ronda los treinta y ocho años; soltero y con no mucha suerte para el amor, aunque, una que otra novia supo tener en alguno de los pueblos que visita vendiendo una prometida vida mejor, a aquellos que pierden algún ser querido. Tampoco se puede decir que es un hombre guapo, pero su simpatía y aparente bondad, a veces lo hacen atractivo para alguna dama desprevenida. De niños ni hablar, para él son pequeñas molestias en la vida de los mayores y, teniendo en cuenta que no recuerda casi nada de su niñez, está seguro de que jamás hubiera sido un buen padre, y tampoco casarse está en sus planes.

Se levantó a la mañana descubriendo que era un hermoso día de sol, lo que lo alegró, porque seguiría su viaje tranquilamente. Se duchó, se cambió, y mientras guardaba sus cosas en un bolso para luego ir a desayunar y marcharse, otra vez sintió que alguien lo observaba. Era una niña de unos tres o cuatro años que lo miraba desde la ventana. Jacinto la miró con aire distraído, le hizo una mueca simulando una sonrisa y siguió preparando su bolso; cuando de pronto reaccionó y se dijo a si mismo casi gritando: -¡pero si estamos en un primer piso!- Corrió hacia la ventana y vio a la niña suspendida en el aire. Se restregó los ojos porque no creía lo que veía y cuando volvió a mirar, la niña ya no estaba. Tembló de miedo pensando que la pequeña se había caído, y la vio, allá abajo alejándose caminando por la calle, mientras giraba su cabecita para mirar por sobre el hombro, la cara de asombro de un hombre que ya se preguntaba algunas cosas.

Mientras le pagaba su noche al cantinero, Jacinto le contó de su experiencia con la niña, pero el hombre de la barra no le prestó mucha atención.
Resignado se dirigió a su auto, se subió y giró la llave para darle arranque; pero no lo logró. Lo intentó una y otra vez y nada: parecía estar ahogado. Maldijo en voz alta y se dio cuenta de que dos nenes y una nena lo miraban. Se puso nervioso.
Se bajó del auto, abrió el capot mientras murmuraba: -El carburador debe estar húmedo- y se quedó mirando el motor, del que y a pesar de sus interminables viajes por ruta, no tenía ni la menor idea de cómo funcionaba. Jamás le interesó la mecánica. -¿No habrá un mecánico por acá?
Los tres niños ahora estaban a su lado observándolo todo. Ya para Jacinto, esto se estaba poniendo insoportable cuando uno de ellos levantó la mano, la puso encima del carburador por unos segundos, y luego la retiró para volver a mirar fijo al hombre que se quedó un rato sosteniendo la mirada del niño con cierta desconfianza.
-No, no puede ser, esto para mi es demasiado, no puedo creer que...
Subió otra vez al auto, giró la llave con mucha expectativa y este arrancó. Cerró el capot, miró al pequeño que aparentemente le había arreglado el auto mágicamente, intentó decirle algo pero volvió a subir poniendo primera y se alejó por el mismo camino por el que había llegado la noche anterior.
-Estos pibes deben estudiar magia o algo así, estoy seguro, ¿pero en este pueblo perdido? Seguro que lo hacen por correspondencia; también con lo que deben aburrirse aquí, si no hay nada, cuatro casas locas... ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Arrancó de casualidad!

Jacinto pensaba en voz alta todas estas cosas, como siempre lo hacía relojeando el asiento de al lado, mientras trataba de acercarse a la ruta lo más pronto posible, hasta que se dio cuenta de que ya llevaba como cuatro kilómetros recorridos. Paró el auto. Adelante sólo se veían pinos, pinos y más pinos y se dijo a sí mismo: -Me debo de haber equivocado de camino, es que anoche estaba tan oscuro que... Mejor doy la vuelta y... Dios, ¡no puede ser!
Cuando miró por el espejo retrovisor para dar vuelta el auto y volver, vio a unos diez metros detrás, a varios niños y niñas parados en el camino observándolo. Evidentemente lo habían seguido, ¿pero cómo? Sintió pánico, realmente estaba asustado. Respiró hondo, descendió del auto y, envalentonado, enfrentó a los niños acercándose con cuidado.
-¿Cómo diablos llegaron hasta acá? Si hice como cuatro kilómetros. ¡Ah! Ya sé, seguro di vuelta en círculos y estamos otra vez en la villa…- Mientras les hablaba, miraba nervioso de un lado a otro buscándola -¿dónde está que no la veo?
-No- dijo el niño que la noche anterior le había sacado el ramito de flores de la oreja y que parecía ser el mayor de todos, -estamos lejos de la villa y ahora todos vamos a volver...
-¿A volver? Yo voy a encontrar la ruta y me voy a largar de aquí pequeños brujos hijos de…
Los niños se hicieron a un costado del camino y Jacinto, apretando los dientes por la rabia que sentía, dio vuelta sobre sus talones para dirigirse al auto, quedándose petrificado por lo que veía. El vehículo ya apuntaba para volver; se había dado vuelta solo. Se pegó un susto terrible. Resignado y temblando, manejó su auto sabiendo con lo que se iba a encontrar: la Villa Ilusa y su hostería y restaurante.

-¿Quiénes son estos chicos? Tienen poderes, me trajeron de vuelta hasta acá y yo lo único que quiero es irme...
-Su habitación está lista- fue la tajante respuesta del cantinero.

jueves, 22 de octubre de 2009

La Villa Ilusa. Capítulo 2.

Resumen del capítulo anterior: Jacinto Desanzo, un viajante vendedor de seguros de vida, es sorprendido por una fuerte tormenta viajando con su viejo Ford, de noche, en una ruta rodeada por un bosque de pinos. Comienza a preocuparse por la poca visibilidad y porque todavía faltan muchos kilómetros para llegar a la ciudad más próxima. Jacinto, es un hombre solitario y fabulador. Cuenta, cuando tiene alguna oportunidad, dos anécdotas a quien quiera escucharlo: La de una mujer luminosa que una vez le hizo señas en el camino para que se detenga, y sobre un OVNI que lo persiguió un miércoles para llevarlo a Marte.


La cuestión es que, esa noche de tormenta a la que me refería al principio de este relato, era cada vez más terrible, y esto empezaba a preocupar a Jacinto.
-Si encontrara un lugar para pasar la noche- se decía a sí mismo en voz alta mientras agudizaba su vista para ver mejor el camino, cuando de pronto vio un cartel casi escondido, en la banquina de la ruta, que señalaba a la derecha:
VILLA ILUSA 1 KM.
Tuvo que dar marcha atrás porque se le apareció tan de repente que logró frenar unos metros más adelante.
-¿Villa Ilusa?, ¿Ilusa? Parece un chiste y seguramente no figura en ningún mapa, pero bueno qué sé yo, está cerca y además tengo hambre…
Salió de la ruta tomando el camino que señalaba el cartel, y que estaba bastante barroso, en dirección a la villa. Le pareció que había recorrido más de un kilómetro, cuando comenzó a ver unas casitas pequeñas casi escondidas entre los pinos y apenas iluminadas.
-"Debe de haber un lugar donde pasar la noche"- pensó, mientras luchaba por mantener su auto, que patinaba en el barro bajo la lluvia lo más derecho posible. Y lo vio, un cartel colgando de dos cadenas y oscilando por el viento indicaba:
HOSTERÍA Y RESTAURANT VILLA ILUSA
Era justo lo que necesitaba. Estacionó, bajó del auto, se empapó recorriendo los tres ó cuatro metros hasta la puerta del restaurante, pero no le importó, de pronto la noche no parecía tan mala.
-Buenas noches- les dijo Jacinto a los pocos parroquianos que se encontraban en el lugar -Si se pueden llamar buenas, ¡je! ¿Qué nochecita, no?- siguió, haciéndose el simpático. Ninguno de los pobladores dijo una palabra; solo lo miraron inexpresivos como si no les importara su llegada, para luego continuar con lo suyo: comiendo, bebiendo algún vinito algunos y otros jugando al dominó. -‘’Deben ser menonitas’’- murmuró Jacinto en un susurro y para sus adentros.

Se acercó a la barra, pidió un cuarto para dormir, y mientras se lo preparaban en la parte alta del restaurante, se sentó a disfrutar de un buen plato de comida caliente que le sirvió una señora regordeta que parecía ser la cocinera. Estaba delicioso y Jacinto realmente se sintió feliz de haber encontrado ese lugar perdido en esa noche de perros.

Mientras comía le pareció que alguien lo observaba. Era un niño de unos doce o trece años que estaba detrás de la barra. Jacinto le sonrió y siguió comiendo aunque sentía que el niño no le sacaba los ojos de encima. Eso lo puso un poco inquieto. Ante la insistente mirada del niño, decidió llamarlo:
-A ver, nene vení... dale vení.- El chico se acercó tan serio como lo miraba. -¿Cómo te llamás?- El niño no contestó. -¿Qué pasa, te comieron la lengua los ratones?- le preguntó Jacinto en un tono compinche. El pequeño siguió mirándolo sin inmutarse.
Entonces Jacinto, que de su recorrido por infinidad de pueblos y de haber pasado tantas noches en cantinas y restaurantes de lo más variados, algunos trucos se había aprendido, estiró su brazo y acercó su mano hasta la altura de la oreja del niño diciéndole:
-A ver, a ver que tenés acá, hmm- e hizo que sacaba una moneda de su oreja, y se la dio con una enorme sonrisa mientras le decía: -Me parece que hoy no te lavaste las orejas ¿no? ¡Je!
Jacinto, creyó que con su truco, ya que todos los parroquianos lo miraban, se estaba ganando la simpatía de ellos, cuando de pronto, el pequeño hizo lo mismo que él: estiró su brazo hasta la oreja de Jacinto, hizo un chasquido con sus dedos, y volvió con un pequeño ramito de flores en su manita entregándoselo y dejándolo perplejo.
-Tiene un jardín en la oreja- le dijo el niño en ganador, dando media vuelta y volviendo a su lugar en la barra del restaurante. El pobre hombre escuchó, apenas, una risita burlona de alguno de los parroquianos.

viernes, 16 de octubre de 2009

La Villa Ilusa. Capítulo 1.


Hoy comienza: La Villa Ilusa. Es un cuento largo o novela corta que iré publicando en capítulos semana a semana. Serán 24 en total, de una historia llena de humor, magia, fantasías y sueños de un mundo mejor. Cada capítulo ira acompañado con ilustraciones realizadas por mi amigo Berni Torre, él también creó el logo que encabeza este cuento.
Mi sueño es que sigan esta historia hasta el final. Mi agradecimiento a Berni por acompañarme en esto y a todos ustedes, amigos, por leerme, emocionarse, o no, con un cuento que escribí desde el corazón y con mucha ilusión.

Con ustedes: La Villa Ilusa.



El limpiaparabrisas del viejo Ford de Jacinto Desanzo funciona a su máxima velocidad. A pesar de ello, la intensa lluvia no permite tener una buena visión del camino apenas iluminado por los débiles faros del auto. El hombre mira por el espejo retrovisor y sólo ve la oscuridad de la noche. A los costados de la ruta se levantan inmensos pinos que seguramente le dan una belleza singular al lugar, pero que, en esa noche de tormenta, parecen monstruos gigantes dispuestos a arrojarse al auto para devorarlo. Unos kilómetros más atrás, el camino había comenzado a descender en una pendiente que lo llevaría a este frondoso bosque.

Jacinto Desanzo es un hombre acostumbrado a viajar por todo el país vendiendo seguros de vida, eso es lo que hace para ganarse la vida, y esa noche, la tormenta, lo había tomado desprevenido cuando todavía le quedaban unos 80 kilómetros para llegar a la próxima ciudad.
Su soledad casi permanente es un motivo lógico para que siempre hable solo, imaginando a un compañero de viaje sentado a su lado; de hecho cada vez que lo hace, mira de costado el asiento de al lado, instintivamente.
Cuando tiene oportunidad de hacerlo realmente, con algún cliente de sus seguros de vida o con un improvisado y solitario comensal, en alguna cantina o restaurante donde parara para comer, no deja pasar la oportunidad de contar algunas de sus anécdotas de viajes, a las que llama: "Viajes con misterio y llenos de momentos extraños que asombrarían al mismísimo Spielberg". Un título largo pero cautivador para los que tuvieran la suerte, o no, de escucharlo; aunque, algunas de esas personas, seguramente no tengan ni idea de quien es Spielberg. Para Jacinto, con haber visto ET, ya es suficiente para que forme parte de su título enigmático, de hombre viajado, con experiencia, y conocedor de largas rutas que gastan los neumáticos de su auto sin piedad para con su pobre economía.

Le gusta contar, en esas pocas oportunidades que la vida le brinda, que una noche sin luna, vio al frente en el camino, una luz intensa que le llamó la atención... Fue acercándose con su auto… y, cuando estaba a unos 50 metros, se dio cuenta de que esa luz la irradiaba una mujer vestida de blanco que, con su manos levantadas... le pedía que se detuviera… A Jacinto le encanta hacer pausas en el relato para darle más suspenso a la cosa.
Resulta entonces que, asustado ante aquella aparición repentina, aceleró el auto pasando por encima de la mujer luminosa sin que ello le infligiera ningún remordimiento, porque se imaginó que era un fantasma, y después de todo los fantasmas se suponen que están muertos, entonces nadie lo iba a culpar de algo malo.
Cuando al fin se detuvo… 45 kilómetros después... En una gasolinera, la puerta del lado del acompañante se abrió sola como si alguien hubiera descendido y luego inmediatamente se cerró… Sola.
Jacinto cuenta que se sintió descomponer y corrió al baño. Cuando regresó ya más aliviado por fin, el empleado de la gasolinera después de preguntarle cuánto cargaba de combustible, le entregó un pañuelito con figuras de angelitos bordadas en él, diciéndole:
-La joven de blanco que usted trajo hasta aquí le dejó esto en agradecimiento y se…
No terminó la frase porque el pobre Jacinto cayó de espaldas totalmente desmayado.

Otra cosa que cuenta, y aquí paramos con esto porque sus anécdotas spielberianas no superan estas dos, es que en una oportunidad lo persiguió un OVNI durante 200 kilómetros, claro que el velocímetro de su viejo Ford sólo marcaba 2 kilómetros recorridos y su reloj 5 minutos de tiempo transcurrido. Nunca supo que pasó, pero él asegura que estuvo en Marte... Aunque sucedió un miércoles. Esto último forma parte del humor de este hombre solitario y buenazo, para aquellos que lo conocen.

O Jacinto es un hombre con una gran imaginación hasta convertirse en un espléndido fabulador, o realmente le pasaron estas cosas, lo cual es una suerte, aunque depende del temple de cada uno ¡pero que tiene para contar! no cabe ninguna duda: poco, pero bueno.